Patti Smith en el CCK: la sacerdotisa que pregona paz y amor con poesía (La Nación 3-3-18)

Patti Smith en el CCK / Guitarra y voz: Patti Smith / Guitarra y piano:Tony Shanahan / Guitarra: Jimmy Rip / Órgano: Matías Sagreras / Violonchelo: Patricio Villarejo / Nuestra opinión: muy bueno.

Patti Smith canta, habla, hipnotiza, predica sobre el amor, sobre el compromiso, sobre la vida y la muerte y, fundamentalmente, sobre la libertad. “Siente tu libertad”, repite, canta, dice y mira a los ojos de los jóvenes que llegaron hasta aquí magnetizados por la figura de esta heroína del punk de 71 años, madrina de todos, sacerdotisa sin iglesia ni dogmas. Una intérprete sin igual, que alza su voz como si los años 70 estuvieran acá a la vuelta y que se planta en el centro de la escena como si no hubiera otro lugar en el mundo más perfecto para su ser. “Sacude los fantasmas”, aconseja y uno se deja llevar por esta versión intimista de Patti Smith, acompañada por el músico Tony Shanahan en guitarra y piano, y por el amigo de la casa Jimmy Rip -luego se sumarían el organista Matías Sagreras y el chelista Patricio Villarejo-, y uno no puede hacer otra cosa que sacudir sus propios fantasmas, entrar en trance y recordar a sus muertos y celebrar la vida, como lo hace Patti Smith arriba del escenario de esta sala coqueta, que nada tiene que ver con los sucios subsuelos donde la cantante comenzó a difundir su obra tan compleja y simple al mismo tiempo, allá por 1975, pero que tan bien le sienta hoy.

Gran performance de Patti Smith, en el Kirchner Crédito: Daniel Pessah

Patti Smith ofreció anteanoche en el CCK un espectáculo movilizador, un show a su medida, elegante y bello, que abrió con “Wing”, tema que le compuso a su hija tras la muerte de su marido y padre de la criatura, Fred “Sonic” Smith, y cerró, una hora y media después, con ese himno esperanzador que es “People Have The Power”, casi obligándonos a tomar nuestras propias decisiones, a ser gente libre, sin importar las luchas que haya que atravesar. Y entonces el público, imantado, se abalanza sobre el escenario para tocarla, para sentir físicamente esa energía que sobrevoló la sala desde el mismo instante en que ingresó con su melena plateada.

El lunes, en diálogo con LA NACION, Smith confesó sentirse afortunada por tener dos maneras de expresarse. Una, la poesía, la más artística a su forma de ver. La otra, la música, la más contundente, la más efectista al momento de comunicar sus creencias a la mayor gente posible. Por eso esta visita tuvo doble función, primero con una performance interactiva junto a Guillermo Kuitca y Alberto Manguel, el miércoles; anteanoche, con un set que mezcló sus clásicos con los de sus maestros, seleccionados minuciosamente para moldear un discurso hecho canción que clama, una vez más, por la libertad. Con música, palabras y gestos, como el de colgar en su atril el pañuelo verde símbolo de la causa por el aborto legal, seguro y gratuito, que minutos después usará como brazalete de su puño siempre en alto.

Tras “Wing”, Smith se calza la guitarra para “My Blakean Year” y, enseguida, “Dancing Barefoot” en una versión suave, dulce, en busca de la eterna bendición. La potencia y el ritmo mántrico ancestral de “Ghost Dance” sirven para llamar la atención y reclamar por el cuidado del medio ambiente, pero también para constatar que Patti canta como ninguna, como solo ella puede hacerlo, con esa voz que sube y baja, y se hace lamento y se enfurece, que convoca espíritus en un fraseo y los invita a bailar en el siguiente.

Desde siempre, la obra de Patti Smith es tan abarcativa que es la suya propia, pero también la ajena, la apropiada, la palabra del otro que dice, que canta, lo que ella quiere decir. De ahí que su interpretación de “Perfect Day” logre un momento sublime, quizás el más inspirado de la noche, que ella misma cierra con el nombre de su autor, Lou Reed, como si se tratara de un último verso. De ahí que “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” se eleve al cielo, estrofa tras estrofa, anticipando que la lluvia que va a caer será fuerte, como lo hizo en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura a su amigo Bob Dylan, pero esta vez ya sin que los nervios la hagan trastabillar, aunque esta vez con la letra a mano.

El final es un in crescendo con dos piezas claves de su discografía, “Pissing in the River” y “Because the Night”, coescrita con Bruce Springsteen, probablemente la canción con la que su voz haya viajado más alrededor del mundo, certificando aquello de que su arte es la poesía, pero convencida en el tremendo poder de comunicación de la canción. Patti Smith se mueve y coquetea con el aire, levanta un hombro, da la vuelta y parece volar. Sin esfuerzo y mucho menos presumir. La naturalidad es hoy su mejor aliada y no importa entonces si alguna canción sonó mejor o peor que otras veces. Esto es una experiencia única. Como su vida, como la nuestra, como la libertad que tanto la obsesiona: “Sigan soñando”, dijo y todos los presentes prometieron en silencio obedecerla.

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