Patti Smith, el hechizo de la musa del punk (Clarín 2-3-18)

En su segunda visita al país después de su debut en 2006, la mujer que le dio un impulso poético al punk deslumbró con versiones y clásicos.

Ahí va Patti Smith, por el espacio. En serio, parece que el piso de madera del CCK la trajera desde el túnel del camarín, al centro del escenario, sin que se note el movimiento de sus pies. Ese acto, que ella quiere hacer pasar por imperceptible, despierta el grito de la platea, y el tono que prevalece es el femenino. Es emoción pura y dura, y el audio indica juventud, que para la Smith es sinónimo de “maravillosa”, como lo hará saber en uno de sus parlamentos post-canción. Un rato antes, el cantito contra el presidente Mauricio Macri se había hecho presente. También habrá reprobación para las autoridades de Cultura, al momento de nombrarlas la cantante, con una silbatina.

“Pattiiiiiiiii” gritan ahora, con la confianza que ameritaría una tía compinche pero con el sabor cómplice de una musa que abraza una causa urgente (el aborto legal, seguro y gratuito) que se anota en el pañuelo verde que ahora luce en el puño izquierdo de la heroína. Y Patti sonríe, flanqueada por el eficiente Tony Shanahan, un hombre que guarda canas y barba en estilo Kenny Rogers y se ofrece como ladero en guitarra acústica. No hay preámbulo hasta que comienza a sonar Wing, una canción que le dedicara a mediados de los ’90 a su hija Jesse con la intención de explicar la muerte de su padre, esposo de Smith, Fred “Sonic” Smith. Ella hace ondular sus manos en el aire y nos desafía con su voz, como diciendo: “A ver, ¿cuándo canté mejor?”. Será que nunca.

Bromea con dos cámara que le apuntan: “¿Están haciendo un documental? En ese caso, yo podría ser la estrella”. Y pasa a cargarse la acústica para referirse a William Blake, el poeta inglés al que la dama se encargará de vestir con los mejores adjetivos, intenciones, luces y fervores. “Murió en la pobreza, pero nunca dejó de compartir su visión”. My Blakean Year se llama el tema en cuestión, igual que Wing, esbozado en la jornada anterior, en la noche dedicada a la poesía.

Patti Smith en el CCK. Música, magia y un pañuelo verde. Fotos Emmanuel Fernández.

 

Con el tercer tema, el clásico Dancing Barefoot (del disco Wave, 1979), el formato aceptará a un nuevo integrante: esa suerte de Zelig del rock llamado Jimmy Rip. En guitarra eléctrica, sus filigranas comienzan a adornar la idea, aunque no se puede decir que esta versión en particular resulte memorable. Enseguida, saludará a los de afuera, a quienes no pudieron ingresar al CCK pero pueden apreciar el show en una pantalla externa, dispuesta para la ocasión. Ghost Dance, el próximo número, correspondiente al disco Easter (1978), es el que contiene una oda a los pueblos originarios de su país, de ahí el talante de trance y sus arreglos correspondientes.

Saludo final. Shanahan (guitarra), Smith (voz) Rip (guitarra eléctrica), Villarejo (cello) y Matías Sagreras (órgano) Fotos Emmanuel Fernández

“Vamos a hacer este tema por primera vez. Estoy nerviosa, sepan comprender”, introduce en For What It’s Worth, el saltarín himno por los derechos civiles que Stephen Stills compusiera en su paso por Buffalo Springfield y que por esta versión plana e improvisada no pasará a mayores, más allá de su significado literal. Mejor sale End of the World, el tema que suena en los créditos finales de la película Mother (Darren Aronofsky) y que es en realidad un cover de una espectral cantante de country llamada Skeeter Davis. Ya con la inclusión del cellista Patricio Villarejo, la ejecución se torna sentida, aún teniendo en cuenta la falta de familiaridad de la audiencia con la melodía.

El séptimo tema de la lista, Southern Cross (de Gone Again, 1995) regresa a lo elegíaco. Pero aclara que las dos sentidas muertes que la inspiraron (su hermano Todd y Fred “Sonic” Smith, mítico guitarrista de MC5 y su esposo entre 1980 y 1995) no le inspiraron el aura de lo lúgubre, sino la celebración de lo vital a través de los buenos recuerdos. Es un momento sublime, donde Rip se extiende en los punteos hasta desembocar en sonidos que podrían ser la emulación de un delfín encallado en una playa austral. Por el contrario, casi atentando contra el subidón, insistió en seguir con A Hard Rain’s A-Gonna Fall, el clásico de Bob Dylan de 1963. que ya le había hecho pasar un mal momento en la ceremonia de los Premios Nobel. La versión, con atril y machete, suena floja, y menos ayuda el enfoque solemne, como de acto de colegio.

Pero como si se tratase de una pelea de box, Patti Smith guarda agallas y orgullo para el sprint final. Primero, sorprendiendo con el extático Perfect Day, que culmina con la coda del nombre del autor original pronunciado al micrófono: “Lou Reed”. Asombrosa interpretación, que viene atada a lo mejor de la noche: la rendición del clásico propio Pissing in the River (de Radio Ethiopia, 1976), ejemplo emotivo de cómo seguir sosteniendo un parlamento con el paso del tiempo. El afán de seguir recordando a su marido la encuentra omitiendo que su gran hit, Because the Night (1978) es en realidad una composición que le cediera su coterráneo Bruce Springsteen (ambos de New Jersey), aunque ella se encargara de reescribir la letra. Así, el borbollón emotivo vuelve a ponerse de manifiesto y es tiempo de abandonar el escenario.

Pero los bises, que más que combustión espontánea siguen pareciendo más una convención sucedánea, la traen de regreso para el empático, jubiloso, honesto y algo ramplón People Have the Power, un llamado al empoderamiento de todo ser humano, más allá de los géneros, credos y creencias. Amén.

 

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